–Reacciona el crimen cuando le pegan al Cereso–Minnesota Clinic, un anexo infernal–Exhibe La Número 4 el descontrol policiaco estatal–El PRI alista su venta al PAN con alianza de facto

La manta apareció como suelen aparecer estos mensajes: colgada, mal escrita y con una amenaza directa que, más que aclarar, deja ver el fondo podrido del sistema. Pero no es la redacción lo importante, sino el mensaje.


Porque cada vez que cuelgan una narcomanta, no solo hablan los criminales, también reaccionan. Y eso fue lo que ocurrió tras los operativos recientes en el Cereso de Aquiles Serdán. Seguramente alguien se sintió incómodo. Muy incómodo.


Las revisiones, los traslados y los “reventones” en los módulos no son casualidad. Son intentos -tardíos, parciales, pero intentos al fin- de recuperar el control de penales que durante años fueron pequeñas repúblicas del crimen. Y cuando eso pasa, hay respuesta.


La manta del Jueves Santo por el periférico Ortiz Mena no es más que eso, un berrinche criminal, porque le pegaron al Cereso los agentes de la Policía Estatal, Guardia Nacional y Custodios del Sistema Penitenciario Estatal.


Sea de “La Empresa” o de los “Artistas Asesinos”, el fondo es el mismo: los grupos que operan dentro y fuera de los penales están molestos porque les movieron

el tablero. Y cuando el crimen se molesta, amenaza.
Pero también revela que algo sí les está pegando. Que ya no están tan cómodos. Que el negocio -porque de eso se trata todo- se está tocando.


El problema es que esa sacudida no alcanza para ocultar el resto del desorden. Porque mientras en los penales se intenta meter orden, afuera la realidad se cae a pedazos.


Ahí está el caso del “Minnesota Clinic”, un supuesto centro de rehabilitación en pleno corazón de la ciudad que, según denuncias, opera más como un anexo del terror que como un espacio de ayuda. Golpes con botellas, internos sometidos, perros usados como arma, descargas eléctricas para disciplinar y un encargado, Carlos Quevedo, alias “el Licenciado”, que -dicen- dirige todo en estado de ebriedad.


Un infierno con sellos oficiales. Porque esa es la otra cara del problema: lugares que deberían rescatar vidas, convertidos en centros de abuso, funcionando a la vista de todos y, aparentemente, con la tranquilidad de quien se sabe intocable.


Y si eso pasa en un anexo, lo que ocurre dentro de las propias corporaciones no es menos grave. Lo de la cantina “La Número 4” terminó de exhibirlo.


Un instructor policial, armado, en un bar. Discusión. Disparos. Y la víctima: una agente activa de la Fiscalía. No fue un enfrentamiento contra criminales.

Fue violencia desde adentro.


Un elemento que debía formar policías, señalado además por abusos contra cadetes, termina disparando su arma de cargo en plena zona de bares. Y lo hace, según todo indica, con una normalidad que asusta más que el hecho mismo.
Porque entonces la pregunta ya no es quién falló.Es cuántos más están en la misma condición.


¿Cuántos instructores sin preparación? ¿Cuántos elementos armados sin control? ¿Cuántos privilegios que permiten portar un arma en un centro nocturno sin que pase nada… hasta que pasa?


Em medio de todo esto, la política también nos ofrece algunas sacudidas e interpretaciones, que no podemos dejar pasar ni aunque estemos en plena Semana Santa.


El PRI, ese partido que alguna vez fue maquinaria y hoy es sombra, parece repetir la misma jugada de siempre, simular competencia para terminar negociando rendición. Nombres reciclados, escenarios previsibles y una lectura cada vez más clara incluso entre sus propios militantes: la alianza con el PAN no necesita firmarse para existir.


Será de facto y con alto precio, como lo hizo Graciela Ortiz en 2021, ahora lo hará el dirigente estatal, Alejandro Domínguez, quien presiona con que el PRI tiene capacidad de ir solo a la elección, aunque la verdadera intención es la de vender su declinación.


Porque mientras unos pelean por el control de los penales, otros ya están negociando el control político, aunque sea a cambio de sobrevivir.


Y así, entre narcomantas, anexos infernales, policías que disparan y partidos que se acomodan, se va dibujando el verdadero mapa del estado: uno donde el orden es parcial, la autoridad es cuestionada y las líneas entre control, simulación e impunidad son cada vez más delgadas.


Aquí no hay historias aisladas. Hay un mismo hilo conductor en todo. Uno que conecta la manta colgada en un puente, el joven golpeado en un anexo, el disparo en un bar y la alianza que se cocina en lo oscuro.


Un hilo que revela, sin rodeos, que el problema no es solo la violencia. Es el desorden que en Chihuahua parece que se volvió costumbre.


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