Por El Escribiente….
El tiempo no perdona, pero la memoria del plomo tampoco. Noel “El Flaco” Salgueiro Nevárez está libre, tras morder el polvo 15 años en prisiones federales de Estados Unidos.
El hombre que una vez movió los hilos de la guerra en el norte vuelve a pisar la calle. Su condena expiró este julio, y con su salida, las viejas heridas de Chihuahua amenazan con abrirse de par en par. No es una simple liberación; es el retorno de un fantasma que reconfiguró el mapa del dolor en el estado.
Para entender el sismo que viene, hay que mirar las calles. Oficialmente, ninguna autoridad ha reportado su repatriación. Sin embargo, en la capital del estado las paredes y los puentes ya empezaron a hablar.
El apellido Salgueiro volvió a aparecer pintado en la tela de las narcomantas. Mensajes de ida y vuelta: amenazas contra sus antiguos subordinados y chalanes y advertencias de nuevos capos locales que hoy se creen autónomos.
Como en el mundo del hampa no existen las casualidades; la sincronía entre su libertad y el regreso de su apellido a las narcomantas es un mensaje cifrado que todos saben leer.
“El Flaco” no era un peón en el tablero. Fue el brazo armado de Joaquín “El Chapo” Guzmán, el estratega que bajó de la sierra de Sinaloa y Chihuahua para arrancarle la plaza a “La Línea” y al sanguinario Juan Ledezma, “El Dos Letras”. Entre 2005 y 2011, Salgueiro desató a los demonios: reclutó a Los Mexicles y a los Artistas Asesinos, operó con el “M-10” y sembró el terror con la “Gente Nueva”.
También controló Parral, infiltró las filas policiales y militares de Ciudad Juárez y aplicó la purga interna a la menor sospecha de traición, borrando del mapa a sus propios hombres.
Pero el Chihuahua que “El Flaco” dejó tras su captura en 2011 ya no existe. El ecosistema criminal mutó. Aquel frente unido de Sinaloa hoy es un campo de batalla fracturado entre “Chapitos” y “Mayos”. Los antiguos aliados ahora caminan solos, las alianzas de los narcogobiernos -que salpican tanto al pasado como al presente de la y otros gobiernos- tienen nuevos beneficiarios, y el territorio está infestado de jóvenes operadores con menos códigos y más ambición.
Las cartas están echadas sobre la mesa y las especulaciones corren como pólvora. En el lenguaje de las sombras, las “limpias” anunciadas en las mantas no se hacen con agua y jabón; se ejecutan con sangre, fuego y plomo. ¿Vuelve Noel Salgueiro a reclamar lo que alguna vez fue suyo, o regresa a un laberinto donde sus viejos amigos ahora son sus peores enemigos?
El verdadero movimiento de fichas en el norte apenas acaba de comenzar.
En la carrera por la gubernatura, las sutilezas estorban y el tiempo vuela. Cruz Pérez Cuéllar lo sabe. El alcalde con licencia de Juárez no pierde un solo minuto desde que dejó la silla; sus giras por el estado son un despliegue de músculo y acelerador a fondo.
El pasado sábado, el viejo Club de Leones de San Felipe fue el escenario de un mensaje silencioso pero contundente: la capital del estado, históricamente esquiva, empieza a alinearse bajo el cobijo del juarense.
No fue un mitin masivo de esos que saturan calles, pero la relevancia estuvo en el peso de las piezas. Héctor Ochoa Moreno puso a toda su estructura a las órdenes de Cruz. El movimiento es clave porque Ochoa no camina solo, es una pieza que responde directamente al tablero nacional del secretario de Economía, Marcelo Ebrard.
Con este pacto, prácticamente todos los aspirantes de peso en Chihuahua que buscan la alcaldía capitalina terminaron por poner sus fichas y su capital político en la misma canasta.
La cargada ya no se oculta ni se disfraza con medias tintas. Las encuestas y las redes de activistas más fuertes dentro de la 4T local ya tienen dueño. Figuras clave como la diputada Brenda Ríos, el exalcalde expriista Marco Quezada y el exdirigente panista Miguel La Torre -los verdaderos punteros del movimiento- juegan abiertamente en el equipo crucista.
Quien quiera competir en la capital tiene que entender que el filtro pasa por la venia del juarense.Del otro lado del tablero sólo quedan las sobras de la discordia. Quienes aún le pegan a Cruz cada que pueden, lo hacen más por orfandad política que por fuerza real.
Los “loeristas” Martha Serrano y David Óscar Castrejón, junto con el corralista Miguel Riggs Baeza -en su eterno viaje del PAN a Movimiento Ciudadano y a donde le diga Javier Corral-, navegan con números de pobreza extrema en la intención de voto. Su golpeteo es ruidoso, pero sus bolsillos políticos están vacíos.
La estrategia de Cruz apunta a la yugular del panismo. Juárez es su bastión, pero la joya de la corona para amarrar la gubernatura está en estrechar el margen en una capital históricamente azul.
Con las principales tribus de Morena alineadas y los punteros bajo su ala, el crucismo no sólo armó una estructura; construyó una apisonadora dispuesta a arrebatarle el control al PAN en su propio terreno.
En la alta comedia de la política local, las apariencias lo son todo, aunque huelan a viejo vicio priista, como la jugada de Santiago de la Peña para llenar el Lago di Como, como el sábado anterior lo hizo el exfiscal general del Estado, César Jáuregui.
El secretario general de Gobierno y aspirante a la alcaldía capitalina logró congregar a supuestas 2,600 mujeres, sin embargo, el ostentoso desayuno no dejó sabor a triunfo, sino a un desesperado ejercicio de control corporativo.
El lleno tuvo el aroma inocultable del acarreo tradicional y la sospecha de una nómina pública presionada para asegurar las sillas ocupadas. La espectacularidad del evento se topó de frente con la rigidez de la simulación. Flanqueado por su familia, De la Peña subió al estrado para vender un proyecto de inclusión, pero lo hizo encadenado a la tecnología del engaño que representa el teleprompter, esas pantallas que le decían lo que tenía que decir, ante la incapacidad clara de hilar ideas sin tener que leerlas.
El despliegue de pantallas estratégicamente acomodadas delató la incapacidad del candidato de conectar de manera orgánica; prefirió la seguridad del guion ensayado y las frases prefabricadas sobre economía, seguridad y juventud antes que arriesgarse a la frescura de la improvisación.
La paradoja quedó expuesta porque habló de empoderar a la mujer, pero leyendo las instrucciones desde un monitor de cristal.
Abajo, el paisaje humano confirmaba el viejo manual de operaciones del panismo-priismo. Para un funcionario que originalmente generaba anticuerpos dentro de las filas del blanquiazul, abrir estas puertas -así sea a empujones institucionales- es vital para sobrevivir en la interna.
Cumplió, pues, con la meta del aforo y demostró que tiene la maquinaria aceitada para competirle los espacios a las tribus rivales del partido.
El evento sirvió para la foto oficial, para presumir músculo ante el panismo de cepa y para palomear la jornada.Sin embargo, el reto para Santiago de la Peña no estará en los muros y techos bien climatizados del Lago di Como ni en los discursos que le dictan las pantallas. La prueba vendrá cuando las luces del escenario se apaguen, los camiones regresen a las colonias y tenga que salir a buscar el voto de la ciudadanía real, esa que no se alinea con presiones laborales, que no aplaude por consigna y que, a diferencia de sus monitores, sabe perfectamente detectar cuándo un candidato les habla desde el corazón o simplemente lee un libreto.
El poder se vuelve demócrata y plural justo cuando está por terminarse, al parecer, porque al equipo de la gobernadora, María Eugenia Campos Galván, le entró la urgencia de una Fiscalía autónoma.
Tuvieron que pasar casi cinco años de su sexenio, marcados por el control absoluto del aparato de justicia, para que el Palacio de Gobierno se diera cuenta de que la procuración de justicia no debe depender de los vaivenes políticos.
Tras más de dos meses de la renuncia de César Jáuregui, la gobernadora mantiene los perfiles bajo la lupa, pero el verdadero juego no está en el nombre del sucesor, sino en el traje institucional que le están confeccionando a la medida, para darle la autonomía al Ministerio Público, tal como la tiene a nivel federal la Fiscalía General de la República y otras fiscalías de casi todos los estados del país.
La espectacularidad del debate es, en realidad, un frío cálculo de supervivencia. El plan que hoy se discute en los pasillos del Congreso del Estado busca otorgar autonomía constitucional a la Fiscalía General del Estado, elevando el periodo del próximo titular a seis años en funciones.
Qué bonita paradoja: la misma administración que operó bajo el viejo esquema de subordinación total, hoy promueve una institución que trascienda los periodos gubernamentales. No es un repentino ataque de civismo; es la clásica estrategia de blindaje para asegurar que el próximo gobernador -sea del color que sea- tenga las manos atadas y un fiscal heredado vigilándole los pasos. La propuesta que envíe la mandataria tendrá que pasar por el aval del Poder Legislativo, lo que convertirá la designación en un mercado de acuerdos, contrapesos simulados y supuesta responsabilidad institucional.
Se argumenta que un fiscal que rebase el mandato del Ejecutivo tendrá mayores condiciones para actuar sin presiones políticas. El problema es que esa libertad se otorga justo cuando el grupo en el poder se prepara para la retirada. La autonomía que no quisieron al principio, la exigen con desesperación al final, qué extraño.