El helicóptero del patrón

Por el Escribiente

Mientras la Sierra Tarahumara arde entre emboscadas, ejecuciones y pueblos donde el crimen organizado impone su ley, dentro de la Secretaría de Seguridad Pública Estatal hay policías que aseguran estar librando otra batalla: la del abandono por parte de sus propios jefes.

Las denuncias que brotan desde Guachochi y Cinco Llagas, en Guadalupe y Calvo, son un balde de agua fría para el discurso oficial de una corporación moderna y eficiente. Los agentes afirman que son enviados a los operativos más peligrosos prácticamente con lo que traen puesto, sin maletas, sin cambios de uniforme y hasta obligados a comprar de su bolsillo ropa interior para soportar jornadas de varios días en plena sierra.

Pero la indignación estalla cuando relatan cuál sería la prioridad de quienes administran el helicóptero de la corporación.

Según los propios elementos, mientras ellos esperan durante días la llegada de su equipaje porque “no hay espacio” en la aeronave, el aparato sí tendría disponibilidad para trasladar televisores, proyectores para ver el Mundial de Futbol y hasta un ceviche destinado al gusto del mando regional. Si estas denuncias son ciertas, no se trata de un simple exceso: sería una burla para quienes arriesgan la vida todos los días.

Los señalamientos apuntan directamente hacia el comisario regional Miguel Alberto Rojas Valles, a quien los inconformes acusan de privilegiar caprichos sobre necesidades operativas. También denuncian favoritismos dentro de la estructura, asegurando que mientras unos cargan únicamente el uniforme que llevan puesto, a otros les transportan maletas completas, pertenencias personales y hasta artículos de uso personal.

Las fotografías de equipaje abandonado en campamentos son apenas el reflejo de una logística que, según los denunciantes, hace agua por todos lados. Lo grave no es únicamente perder una maleta; lo verdaderamente alarmante es el mensaje que reciben quienes enfrentan a los grupos criminales: parece haber recursos para los gustos del jefe, pero no para las necesidades de la tropa.

Cada hora de vuelo de un helicóptero representa miles de pesos pagados con dinero público. Ese recurso fue contratado para salvar vidas, mover personal, reforzar operativos y responder a emergencias, no para alimentar privilegios ni convertir una aeronave oficial en el taxi exclusivo de unos cuantos.

Si las acusaciones son falsas, la Secretaría debe demostrarlo con transparencia. Pero si son verdaderas, alguien tendrá que responder por un presunto abuso que raya en el insulto.

Porque mientras los discursos presumen estrategia, inteligencia y tecnología, en la sierra hay policías que aseguran dormir con un solo uniforme, esperando que algún día llegue la patrulla con sus maletas… mientras el helicóptero sigue despegando para atender prioridades que nada tienen que ver con la seguridad de Chihuahua.

Cuando los caprichos vuelan primero que los policías, el problema ya no está en la sierra… está en el mando.

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