Noel González Jiménez
Nuestro país no va a cambiar por obra de la casualidad, tampoco porque cada seis años aparezca un nuevo gobierno con promesas distintas, la transformación de un país exige algo mucho más profundo: un pueblo consciente de sus problemas, dispuesto a organizarse y capaz de luchar para conquistar mejores condiciones de vida. Mientras millones de familias sigan padeciendo pobreza, desempleo, falta de vivienda, servicios básicos deficientes y oportunidades educativas limitadas, habrá razones suficientes para exigir un país más justo.
La pobreza no es una desgracia que haya caído del cielo ni una condición natural con la que deban resignarse a vivir millones de mexicanos, es consecuencia de un modelo económico en el que la riqueza que produce la sociedad se concentra en pocas manos, mientras la mayoría de los trabajadores apenas obtiene lo necesario para sobrevivir. Unos cuantos acumulan grandes fortunas y millones de personas deben hacer verdaderos malabares para llevar comida a sus hogares. Esta desigualdad tiene causas y, por lo tanto, también puede combatirse.
Precisamente contra ese problema nació el Movimiento Antorchista hace, un poco más, de cinco décadas. Desde sus primeros pasos, la organización se propuso luchar contra la pobreza y demostrar que los sectores más humildes de la población no están condenados a vivir en el abandono. Su planteamiento ha sido claro: para cambiar las condiciones de vida de las familias trabajadoras es necesario que estas conozcan sus derechos, se organicen y participen activamente en la solución de sus problemas.
Durante más de 50 años, Antorcha ha recorrido comunidades, colonias, pueblos y ciudades, acompañando a quienes durante mucho tiempo no encontraron quién escuchara sus necesidades. Su trabajo no se limita a las palabras ni a los discursos. A lo largo de este camino ha impulsado la creación de colonias populares, la construcción de escuelas, la pavimentación de calles, la introducción de servicios básicos y la gestión de fuentes de empleo. También ha contribuido a la formación de miles de profesionistas que encontraron en la educación una oportunidad para transformar su vida y contribuir al desarrollo de sus comunidades.
Cada colonia construida, cada escuela levantada, cada calle pavimentada y cada servicio conseguido representa una historia de organización y esfuerzo colectivo. Detrás de esas conquistas hay hombres y mujeres que tuvieron que reunirse, plantear sus demandas, acudir a las instituciones y, muchas veces, manifestarse para conseguir que sus necesidades fueran atendidas.
En este contexto, y con mucho orgullo, el Movimiento Antorchista se prepara para celebrar sus 50 años de trabajo político en la capital poblana. El próximo domingo 8 de noviembre, a las siete de la mañana, más de 50 mil personas se reunirán en el Centro Expositor de Los Fuertes. Colonos, estudiantes, maestros, obreros, comerciantes y transportistas participarán en esta concentración que busca mostrar la fuerza organizativa alcanzada después de cinco décadas de trabajo. Este gran evento estará engalanado por el secretario general de la organización, el ingeniero Aquiles Córdova Morán, líder indiscutible de todos los antorchistas en México.
La celebración poblana no debe entenderse solamente como un aniversario. También representa la oportunidad de hacer un balance de lo conseguido, reconocer el esfuerzo de miles de mexicanos y reflexionar sobre los enormes desafíos que todavía enfrenta nuestro país. Porque la pobreza sigue presente, las desigualdades continúan y millones de familias esperan respuestas a necesidades que no pueden seguir postergándose.
Cincuenta años después, el llamado sigue vigente: México necesita ciudadanos organizados, no personas resignadas a esperar que otros decidan su destino. Necesita trabajadores que conozcan sus derechos, jóvenes comprometidos con su futuro y familias dispuestas a participar en la construcción de una sociedad más equitativa.
La historia de Antorcha es también una invitación a comprender que los cambios verdaderos requieren participación colectiva. No basta con inconformarse en privado ni con esperar soluciones desde arriba. Hay que organizarse, levantar la voz y defender, juntos, las demandas de quienes producen la riqueza del país.
Porque un pueblo que conoce sus problemas, entiende sus causas y se organiza para resolverlos deja de ser un simple espectador de su historia y comienza a convertirse en protagonista de su propio destino. Esa es la tarea que sigue pendiente para México y una lucha que, después de cinco décadas, continúa teniendo plena vigencia.