Entre flores, música, oraciones y recuerdos, los panteones municipales de Chihuahua cobran vida cada 1 y 2 de noviembre. Durante un recorrido por los camposantos de la colonia San Jorge se puede observar a cientos de familias que acuden para visitar a sus fieles difuntos, limpiar sus tumbas, adornarlas con flores y dedicarles un momento de oración.
Algunos llevan música para recordar las canciones que tanto les gustaban a sus seres queridos; otros les llevan sus alimentos favoritos, algún cigarrito, una cervecita o esa Coca-Cola que tanto disfrutaban en vida. Cada familia tiene su propia manera de honrar a quienes ya partieron, pero todas comparten algo: el deseo de mantenerlos presentes en sus corazones.
Durante estos días, los panteones se llenan de color. Las tumbas lucen arregladas, los ramos de flores adornan los pasillos y las voces de quienes llegan a visitar a sus difuntos se mezclan con la música y las conversaciones. Por unas horas, los camposantos se convierten también en lugares de encuentro familiar, donde los recuerdos vuelven a hacerse presentes.
Pero la tradición no termina al salir del panteón. Afuera espera la ya tradicional Feria del Hueso, donde los comerciantes ofrecen de todo un poco y los gritos de los vendedores de cobijas no pueden faltar: ¡Llévese una, llévese dos!
Entre los puestos también llaman la atención las cobijas con personajes populares, como Karely Ruiz y Omar García Harfuch, que se suman a la variedad de productos para todos los gustos.
Los puestos de trastes son otra parada obligada. Aquí se pueden encontrar desde jarritos para el café o el champurrado, platos para el pozole, molcajetes y ollas de barro, hasta las grandes ollas para preparar los tradicionales tamales.
Y para quienes recorren la feria con antojo, los aromas hacen de las suyas: gorditas de nata, gorditas de maíz, carne asada, taquitos, pozole, menudo, hamburguesas y los infaltables dogos. También están los dulces tradicionales, como los cacahuates garapiñados, la calabaza cubierta, los coquitos, además de frutas frescas y caña con chilito y limón.
Las flores tampoco pueden faltar. Los puestos se llenan de grandes ramos de crisantemos, cempasúchil y las conocidas motitas de obispo, con sus llamativos tonos morados que parecen de terciopelo.
Así transcurre el Día de Muertos en Chihuahua: entre la nostalgia de quienes visitan a sus seres queridos y el bullicio de una feria que forma parte de la identidad popular de la ciudad.
Porque el Día de Muertos es una de las tradiciones más entrañables de México. Es una fecha para recordar, para compartir historias, para llevar flores y para sentir, aunque sea por un instante, que aquellos que se adelantaron siguen cerca de nosotros. Al final, mientras alguien los recuerde, nunca se van del todo.