A casi dos años de la tragedia: la lucha de una madre por justicia tras la muerte de su hijo Ariel

Chihuahua, Chih.— La historia de Ariel Ruvalcaba es la de un niño que llegó sonriente al hospital para una cirugía considerada rutinaria… y que jamás volvió a despertar.

Detrás de su muerte, su madre relata una cadena de hechos que hoy mantiene en una batalla legal en busca de justicia.

Todo comenzó el 12 de febrero de 2024, cuando Ariel acudió, como cada mes, a consulta en el Hospital Infantil para revisión con su oncóloga, Karla Elena Martínez Aguilar, debido a que el menor era paciente oncológico.

Durante la consulta, la especialista indicó que el niño requería una cirugía ambulatoria para acomodar su testículo izquierdo, procedimiento que, según le explicaron, sería relativamente sencillo.

Tras la valoración, la familia fue canalizada con el cirujano Ricardo García Vázquez, quien recomendó realizar la operación en el Hospital Palmore, argumentando que ahí podría efectuarse con mayor rapidez debido a la condición médica del menor.

Después de cumplir con estudios preoperatorios y trámites médicos, la cirugía fue programada para el 18 de marzo de 2024.

Ese día, recuerda su madre, Ariel llegó contento. Era un niño que, pese a su enfermedad, mantenía una actitud alegre.

Minutos después de ingresar al hospital, fue trasladado al quirófano.

Sin embargo, algo comenzó a inquietar al padre del menor.

Según el testimonio de la familia, él se percató de que el anestesiólogo, identificado como Fabián Favela Solorio, preparaba lo que describieron como una doble aplicación de anestesia.

Desde ese momento comenzó la incertidumbre.
Pasaron las horas.

Alrededor de las 10:40 de la mañana, una enfermera pidió a la madre que pasara al área de recuperación para acompañar a su hijo. Pero algo no estaba bien.

Dentro del área, relata la mujer, una enfermera comentó que las máquinas de monitoreo no funcionaban correctamente.

Ariel permanecía inmóvil.
El tiempo siguió pasando y el niño no despertaba de la anestesia.

Preocupada, su madre se acercó para tocarlo.

Dice que su piel estaba fría. Intentó alertar a la enfermera en varias ocasiones, pero asegura que ésta se encontraba usando su teléfono celular.
Cuando finalmente revisaron al menor, el ambiente cambió de inmediato.

La madre fue retirada del lugar y le informaron que Ariel había entrado en paro respiratorio.

Minutos después, el anestesiólogo llegó apresuradamente al área médica.
“No puede ser”, recuerda la mujer que dijo el especialista.

Durante aproximadamente tres horas, asegura que nadie le explicó claramente lo que ocurría. Desesperada, decidió entrar por su cuenta al área médica.

Ahí encontró a su hijo en terapia intensiva, conectado a equipos y con bolsas de calor para estabilizar su temperatura.

Según su relato, el anestesiólogo le dijo que Ariel había sufrido un paro respiratorio, pero que podría despertar en un lapso de 24 horas.
Sin embargo, los días siguientes se volvieron cada vez más angustiantes.

La madre comenzó a notar que la cabeza del menor presentaba una inflamación considerable, situación que —asegura— fue reportada al personal médico, quienes le respondieron que era una reacción “normal”.

El 22 de marzo, médicos del hospital informaron finalmente a la familia que el niño presentaba muerte cerebral.

A partir de ese momento, el proceso se volvió aún más doloroso.

Diversos especialistas acudieron a valorarlo, incluyendo cardiólogos, y el diagnóstico se mantuvo: muerte cerebral irreversible.

En medio del desconcierto, la familia solicitó el expediente médico completo, pero, según su denuncia, el hospital tardó dos días en localizarlo, argumentando inicialmente que no se encontraba.

Durante los días siguientes, Ariel permaneció conectado a soporte vital.

Su madre asegura que en ocasiones notaba movimientos en el cuerpo del niño, pero los médicos le explicaban que se trataba únicamente de reflejos corporales.

Incluso relata que en varias ocasiones personal médico sostuvo conversaciones con ella para plantear la posibilidad de desconectar al menor de los aparatos, propuesta que la familia rechazó.

El padre de Ariel, trabajador del municipio en ese momento, recibió apoyo del sindicato tras el incidente.
Los días pasaron entre incertidumbre y esperanza.

La madrugada del 31 de marzo de 2024, a las 1:13 de la mañana, las alarmas de los monitores comenzaron a sonar.

Una enfermera entró a la habitación y, según recuerda la madre, le dijo que había llegado el momento.

Minutos después, una doctora desconectó los equipos que mantenían con vida al niño.
Ariel murió esa madrugada.

Días después del funeral, la madre asegura que fue contactada por un abogado identificado como licenciado Alvídrez, quien presuntamente le dijo que el anestesiólogo no tenía responsabilidad en lo ocurrido y que buscaban hablar con ella personalmente.

La mujer rechazó el encuentro, pues ya había iniciado asesoría legal.

Desde entonces, la familia emprendió una demanda formal ante el Tribunal Estatal de Justicia Administrativa (TEJA), además de presentar documentación y pruebas relacionadas con el caso.

Según la madre, el proceso ha avanzado lentamente. Incluso señala que se otorgó un plazo al IMPE para presentar peritajes médicos, pero —afirma— no fueron entregados dentro del tiempo establecido.

Hoy, a casi dos años de la muerte de Ariel, la familia asegura que aún no hay una resolución judicial ni sanciones contra los médicos involucrados.
Mientras tanto, dice su madre, quienes participaron en el procedimiento continúan ejerciendo su profesión.
“Lo único que quiero es justicia para mi hijo”, expresa.

Cada 31 de marzo, la familia recuerda a Ariel: el niño que entró sonriente al hospital para una cirugía menor… y cuya historia se convirtió en una lucha contra el tiempo, la burocracia y el silencio institucional.

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