En un nuevo episodio digno de antología, un hombre que se encontraba detenido en la Comandancia Norte de la Policía Municipal decidió que cuatro paredes no eran lo suyo y, aprovechando un oportuno “momento de inspiración” de los elementos de seguridad, emprendió la graciosa huida.
De acuerdo con informes preliminares, el sujeto había sido detenido por comportamiento violento, detalle que, al parecer, no fue considerado obstáculo suficiente para mantenerlo bajo resguardo. Porque si algo caracteriza a nuestras corporaciones, es su firme compromiso con la adrenalina y el suspenso ciudadano.
Testigos extraoficiales —es decir, todo mundo menos quien debería dar la cara— señalan que el escape ocurrió en un descuido de los agentes, quienes aparentemente se encontraban realizando complejas maniobras estratégicas, como revisar el teléfono, contemplar el horizonte o debatir sobre el clima.
No es la primera vez que las instalaciones de la DSPM se convierten en escenario de actos de escapismo. Ya son varios los casos en los que detenidos logran desvanecerse casi por arte de magia, como si la comandancia operara bajo el concepto de “puertas abiertas” o “escape room”, pero sin la parte recreativa.
Mientras tanto, la ciudadanía puede dormir tranquila —o al menos intentarlo— sabiendo que un individuo catalogado como violento anda nuevamente en libertad, cortesía de la ya tradicional distracción institucional. Porque cuando se trata de fugas, aquí no se improvisa: se mantiene la consistencia.