POR: NORMA GRANADOS Y VALENTÍN HIERRO La tarde del 8 de marzo, la Plaza del Ángel en Chihuahua fue testigo de una manifestación cargada de ira, exigencia y desesperación. Entre 1,500 y 1,800 mujeres de todas las edades marcharon por las calles, vestidas de morado y negro, colores que simbolizan la resistencia y la lucha feminista. Algunas portaban pancartas con nombres de víctimas, otras alzaban la voz con gritos de justicia. Pero no todas marchaban con la misma intención.
Como cada año, la movilización inició en la Glorieta de Francisco Villa y avanzó entre consignas, pero conforme el contingente se acercaba a la Plaza del Ángel, la furia se hizo presente. Vidrios rotos, ventanas destruidas, paredes cubiertas de pintas con nombres de presuntos agresores. El sonido metálico de los martillos golpeando las estructuras de protección se mezclaba con los gritos de “¡Justicia!” y “¡Ni una más!”. Un humo morado nubló el aire, mientras algunas manifestantes exigían la salida de los hombres del lugar.
Entre el caos, una imagen capturada en el momento exacto por el fotógrafo Valentín Hierro muestra la esencia de la protesta: una mujer escalando el edificio Héroes de la Reforma, sostenida de los tobillos por otra compañera. Su ropa refleja su determinación: botas negras tipo militar, pantalón de cargo camuflado, playera negra y un paliacate morado atado al cuello. Sus manos se aferran con fuerza a la tablaroca reforzada que cubría la ventana, misma que ya había sido marcada con pintas de denuncia: “OMAR, cabrón violador”, “Varela, Leopoldo”, junto a huellas de manos en pintura roja, como un grito silenciado que quedó plasmado en las paredes.
Pero la manifestación no terminó ahí. Elementos de la Secretaría de Seguridad Pública, vestidos de civiles, irrumpieron entre la multitud y detuvieron a cuatro mujeres. Tres de ellas fueron trasladadas a la Fiscalía Zona Centro, mientras que una más fue llevada al hospital tras sufrir un desmayo en medio de la protesta. Horas más tarde, fueron liberadas bajo la tutela de Derechos Humanos, mientras el clamor de las manifestantes resonaba en las calles: “¡No estamos todas, nos faltan las presas!”, “¡Protestar no es delito!”.
El saldo, como cada año, fueron daños materiales y el eco de una lucha que no cesa. Para muchas, la protesta fue un grito legítimo contra la impunidad; para otras, un acto que cruzó la línea entre la exigencia y la violencia. ¿Es esta la única manera de ser escuchadas? ¿O es simplemente la consecuencia de un sistema que las ha ignorado por demasiado tiempo?