Durante más de una década, el nombre de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, ha gravitado sobre algunos de los episodios más violentos y simbólicos del país.
No aparece en las escenas del crimen ni firma comunicados, pero su figura —esquiva y silenciosa— ha sido señalada por autoridades federales y estatales como el vértice de una estructura capaz de desafiar al Estado mexicano con una violencia calculada y exhibida.
Bajo su liderazgo, el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) pasó de ser una escisión regional a convertirse en una organización con presencia en gran parte del territorio nacional y proyección internacional.
Su expansión no solo fue territorial; también fue simbólica.
Cada atentado atribuido al grupo consolidó una narrativa de poder basada en la intimidación directa.
El 1 de mayo de 2015, el derribo de un helicóptero de la Secretaría de la Defensa Nacional marcó un punto de quiebre, la aeronave transportaba a 18 elementos entre militares y agentes federales.
El ataque, ejecutado con armamento de alto calibre, dejó víctimas mortales y envió un mensaje inequívoco: el grupo tenía capacidad para confrontar abiertamente a las fuerzas armadas.
Cinco años después, el 26 de junio de 2020, la violencia alcanzó uno de los corredores más vigilados de la capital del país, él entonces jefe de Seguridad capitalino, Omar García Harfuch, fue emboscado por un comando armado en la Ciudad de México, más de 400 disparos estremecieron la zona, el funcionario sobrevivió.
Las autoridades federales atribuyeron el atentado al CJNG, el mensaje volvió a ser frontal: nadie estaba fuera de alcance.
La lista de hechos de alto impacto se extendió hacia la esfera política y mediática.
El asesinato de Carlos Manzo, exalcalde de Uruapan, durante un acto público del Festival del Día de Muertos, reveló la vulnerabilidad de los espacios cívicos.
El atentado contra el periodista Ciro Gómez Leyva en diciembre de 2022 encendió las alarmas internacionales sobre la seguridad de la prensa.
Y en mayo de 2025, el homicidio de la influencer Valeria Márquez, perpetrado durante una transmisión en vivo, exhibió una violencia que ya no se oculta: se transmite.
Detrás de cada expediente, los informes de inteligencia apuntaron hacia la misma estructura criminal que, según autoridades, responde a Oseguera Cervantes, de los aguacatales a la cima del crimen organizado
Nacido el 17 de julio de 1966 en Aguililla, Michoacán, “El Mencho” creció entre huertas de aguacate y caminos rurales.
De acuerdo con reportes oficiales estadounidenses, emigró en su juventud a California, donde fue detenido por tráfico de heroína y posteriormente deportado.
A su regreso, se integró a corporaciones municipales en Jalisco y más tarde al entonces poderoso Cártel del Milenio.
Tras la fragmentación de ese grupo y la muerte de Ignacio Coronel Villarreal, el michoacano consolidó una facción que terminaría por constituirse formalmente como el CJNG en 2011.
Su sello fue la expansión acelerada, la diversificación del tráfico de drogas sintéticas y una estructura operativa con rasgos paramilitares.
Reportes periodísticos lo ubicaron durante años en zonas serranas de Jalisco, resguardado por un círculo reducido de confianza.
Versiones no confirmadas lo señalan con padecimientos renales que habrían obligado a instalar infraestructura médica clandestina en comunidades apartadas.
En febrero de 2020, la detención y posterior extradición de su hijo, Rubén Oseguera González, conocido como “El Menchito”, así como la captura de su hija, Jessica Johanna Oseguera González, representaron golpes directos al círculo familiar del líder criminal.
Aun así, la estructura del CJNG continuó operando.