La tenebrosa historia de la Iglesia de Santo Domingo, en Aquiles Serdán

Autor: LA JEFA

“A media noche me ha tocado ver a un monje vestido de negro parado a un lado donde terminan las escaleras, como esperando que alguien suba”, dijo Doña Mary, una viejecita muy platicadora, con su delantal y espalda encorvada que, no se sabe si vive en una de las viejas cuadras de Santo Domingo, pero apareció derrepente y se ofreció a platicar la historia del lugar.

“Vengase yo subo con usted” y cuando menos pensé ya estaba esperándome cinco escalones arriba. Y comenzamos el ascenso de esa escalinata que parecía interminable, pero en realidad son alrededor de 155 escalones. Los primeros 20 muy fáciles, pero el resto, hacen que las piernas duelan y falte el aire. “Mijita, lo que pesa son los pecados que las personas llevan en la espalda” dijo mí acompañante.

Desde la cima, la vista es bonita hacia el pueblo, pero de terror hacia la Iglesia. Al lado izquierdo un molino de viento, en la parte de atrás una escuela que era enorme y bella, pero en ruinas y quemada. Y al centro con un templete la entrada al templo.

El aire movía los restos de la puerta principal que era alta, muy alta y de madera. Afuera se sentía calor por los rayos del sol que pegaban directo en la espalda, pero al entrar el extraño y drástico cambio de temperatura, hizo que se sintieran escalofríos y una sensación de unos ojos vigilando.

Fue en ese momento cuando miré hacia un costado y me di cuenta de una escalera en malas condiciones que llevaba a un pequeño segundo piso. “desde aquí cantaba el coro” ahí arriba estaba ya Doña Mary. Había subido y ni cuenta me di.

Extrañamente aunque los pisos son viejos, no están sucios, parece como si alguien los barriera todos los días para intentar sacarles brillo. Las paredes tienen rayones de gente que deja sus nombres escritos, como si a alguien le importara su presencia ahí.

“Mire aquí estaba la cruz de Jesús, pero vinieron y se lo llevaron y dejaron un hoyo” mostró mi acompañante, que gentilmente ya estaba recorriendo junto conmigo el espacio.

“¿Quiénes hicieron eso Doña Mary? ¿Cuénteme que pasó?” y comenzó a caminar de un lado a otro, mientras descargaba la historia que parecía le quemaba el pecho.

“Hace muchos años, aquí daban misas y los que se encargaban eran unos monjes, pero un día uno de ellos cometió un descuido muy grande y por culpa de él, se murieron todos sus compañeros, desde entonces , su alma anda penando y por las noches se pone afuera de la iglesia, donde están las escaleras, esperando que la gente llegue a misa, pero, él no se ha dado cuenta que ya está muerto y sólo quienes tienen muchos pecados pueden verlo, y si llegan a entrar, desaparecen y jamás los vuelven a encontrar. Dicen que se los llevan a otra dimensión”.

El lugar fue quemado y sobresalen algunas letras en color rojo: “a la gente le atrae mucho las cosas de miedo y algunos viene aquí para hacer exorcismos y rituales, pero no saben las energías malas que se están llevando. La gente no debería buscar lo que no quiere encontrar”.

Decidí que era el momento de retirarnos porque en verdad, el ambiente se sentía pesado y de miedo.

Mientras bajábamos, la señora sonriente me fue platicando otra historia del mismo lugar.

“Hace años, un sacerdote daba misas aquí, y no había escalones, como ahorita. Estaba con peñascos. Como es un pueblo minero, todos trabajaban en las minas y tenían problemas en los pulmones, entonces cuando una pareja quería casarse, el requisito que les ponía era que el hombre subiera todos los escalones cargando a la mujer, y si aguantaba entonces si los casaba, porque esa era señal de que estaba sano y no iba a dejar pronto viuda a la esposa”.

Las piernas no me respondían y me temblaban por el ejercicio hecho, además de la sensación de haber estado en un lugar tan tenebroso, sin embargo, la viejecita, bajaba bien tranquila.

Cuando por fin llegamos al inicio de la escalinata, estaba un hombre vendiendo productos que los “gambusinos” elaboran con el material que sacan de las mismas minas. Me entretuve viendo unas pulseras y cuando le iba a pedir a Doña Mary que me ayudara a elegir, ya no estaba, y por mas que mire hacia todos lados, no la encontré.

Le pregunte al vendedor por mi agradable compañera y me dijo “¡¡Otra vez Doña Mary haciendo de las suyas…!! Usted bajo sola, pero no se preocupe, a varias personas les ha pasado lo mismo, incluso algunos se la vuelven a encontrar allá abajo en el pueblo y también les platica la historia Del Curro”.

En ese momento la salida del pueblo, se me hizo eterna, y aunque conozco la historia de ese español que regala tesoros, tal vez regrese para ver si me encuentro a Doña Mary y me cuente más detalles de ese otro relato. Tu ¿volverías?

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