Autor: “La Jefa”
Esposaron a la viuda de un hombre que sufrió un infarto. La mujer llego corriendo y mientras ella con toda humildad pedía disculpas a los uniformados por haberse metido hasta donde estaba el cuerpo de su marido, ellos engrandecidos como pavorreal y con toda prepotencia, le colocaron las esposas y la subieron a una unidad policiaca. El motivo “estaba entorpeciendo las labores policiacas”.
Ni el llanto de los hijos conmovía a los guardianes del orden, que, aunque no existió un hecho violento, se iban a llevar a la desconsolada señora detenida, y ya la habían dejado que sacara algo de su bolsita en color café, para que dejara encargadas sus pertenencias con los hijos, cuando alguien de ellos mismos de seguridad, tuvo compasión y la dejo que bajara de la unidad, con la condición de que no se acercara a donde estaban los restos de su ser querido “para no borrar evidencia o huellas de lo que sucedió” y ¿Qué paso? Un infarto.
Los hechos se registraron la tarde de este martes afuera de una tienda Oxxo en la Colonia Campo Bello. La encargada del negocio escucho un golpe muy fuerte y al asomarse, por ironías de la vida, vio como un vehículo de modelo reciente en color negro, se había impactado contra otro exactamente igual. Adentro de uno de los autos estaba un hombre desmayado. La valiente dependienta, bajo las cortinas del negocio y se acerco a dar auxilio a quien estaba dando sus últimos respiros pero levantaba el teléfono celular, como pidiéndoles que le hablaran a sus familiares.
Seguramente la esposa y los hijos vivían por la zona, porque llegaron casi de inmediato pero unos minutos después de la policía municipal, que acordonaron la zona para que nadie pasará.
Esa medida no era en lo que pensaba la mujer cuando llegó desesperada e intento acercarse hasta su marido y tal vez en su desesperación ayudarlo. A unos pasos de tocarlo, fue interceptada y casi tacleada como jugador de futbol americano. “Señora, no puede pasar. Tiene que esperar de aquel lado” y como si fuera el más peligroso, fuerte e intransigente delincuente, le colocaron las manos hacia atrás y le ajustaron las esposas. Ella no le dolía lo ajustado de los aditamentos, sino el ver a sus hijos llorar por la triste escena de un padre sin vida y el no poder acercarse a abrazar a ese hombre que en su pena, imaginaba, aún contaba con signos vitales.
Minutos después que parecieron horas, la mujer por misericordia de alguien, fue “perdonada” y la bajaron de la patrulla.
Ahí quedo, esa pobre mujer, sentada a un lado de la banqueta, bañada en llanto, aún sin asimilar la muerte de su esposo, y lo más terrible, vigilada y amenazada por los guardianes municipales para que no intentara meterse nuevamente a la escena del crimen “que no fue crimen sino infarto fulminante”.
Aplicaron muy bien los protocolos de seguridad y manuales de investigación, pero olvidaron que no estaban tratando con una delincuente, sino con alguien que acababa de perder a su ser querido, y lo único que querían, era estar cerca de él, en el último suspiro de vida.